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La paz llegó al Pacífico: Chile y Perú pueden amarse y sobrevivir en el intento

¿El amor no tiene fronteras, no conoce de imposibles? Comience a creerlo. Una chilena y un peruano escondieron el resentimiento y el menosprecio debajo de la alfombra y tomaron, como la melodía manda, un tren al sur.

Por: Renzo Gómez Vega


Cuando este mundo deje de ser mundo, quedará en la historia que hubo dos pueblos, llamados Perú y Chile, que se juraron odio de por vida. Kilómetros de mar, hectáreas de tierra, sorbos de  pisco o hasta un suspiro se convirtieron en las mejores excusas de una lucha sin cuartel. Muchas páginas se tiñeron de sangre; otras, en cambio, supieron escribir grandes poemas a lo impensado.

Leslie Reyes, chilena de 22 años, estudió en la Universidad San Martín de Porres por esas jugadas del destino. Llámese intercambio estudiantil. Confiesa haber subido por lo menos cuatro kilos en los poco más de cinco meses que vivió en Lima, y confiesa tam­bién, con ligero dolor, que más allá de los Porotos con rienda, una especie de sopa de frejoles con spaghettis, los chilenos no conocen de comidas tradicionales. “Todos me preguntan lo mismo y no sé qué decir. Se come harta legumbre, len­tejas, sopa, arroz, y porotos. Como dice el dicho: ‘No hay más chileno que los poro­tos’, pero no sé más”, termina como excusándose.

Esta ‘penquista’, así les dicen a los de su natal Concepción, me cae tan bien, que me cuesta pensar cómo es que nuestros países conviven en una eterna rivalidad, en una historia de poco amor y mucho, muchísimo odio. Porque hablar de peruanos y chilenos es lo mismo que hablar de ‘torrejas’ y ‘pende­jos’ (aunque allá signifique niño), y es que pese a gratas excepciones, se trata de una relación de profundo rencor, casi como el que siente el ‘lorna’ con el abusivo de la clase; la diferencia es que no aquí no hay cambios de colegio a mitad de año, menos un ‘profe’ o ‘mami’ con quien acusarlo. Solo hay imborrables more­tones, y nuevos discursos para nuevas disputas.

Afortunadamente, con Leslie no me enfrasco en ninguna, su voz no tiene la rapidez de un santiaguino; al contrario, es cálida y hasta melodiosa. No le escucho ni un ‘poh’, ni un ‘cachay’ y menos un ‘culeao’; más bien, un par de ‘sí pues’, uno que otro ‘pata’ y algunos ‘y que esto y que el otro’. Y así con la sorpresiva naturalidad del primer contacto, le pregun­to por el pisco, la causa, el cebiche y todo lo demás. “La causa y el suspiro a la limeña son de acá, que va a ser de Chile, ¿cuándo hemos pre­parado eso? Creo que es la clase alta la que se ‘ocupai’ de esas cosas”, me dice mientras corta un trozo de pescado. Tal vez tenga razón, quizá esos ricachones de cuello y corbata, y no el ciudadano común, son los que se han obstinado en hacer suyo, todo lo que no es, porque hay que decirlo: al chileno le gusta lo nuestro, siempre le gustó. El guano, el sali­tre, Tarapacá, Arica, el ‘Mar de Grau’ y nuestra comi­da en estos últimos años. A Leslie tam­bién. Se llama Óscar, es peruano (sí, créalo) y lo conoció entre clase y clase.

Como las mejores cosas de la vida, ocurrió de repente. A ella le dijeron que estaba loca. A él, que era un campeón (el machismo siempre puede más). A ambos, que solo sería un amor de verano o de primavera (finales de octubre) a decir verdad. Los meses pasaron y ahora son ellos los que dicen: ‘sí se puede’.


Histórica histeria

Hace poco más de seis meses, el reconocido chef Gastón Acurio inauguró un Madam Tusan en Santiago de Chile convirtiéndose automáti­camente en el quinto res­taurante de su ‘holding’ y en el número 105 de los huariques ‘peruchos’ en tierras ‘mapochas’. Pero si los peruanos exportamos anticuchos y tacu tacus por doquier, los chilenos, gracias al libre mercado y su visión de negocio, han ido copan­do rápidamente el rubro empresarial. En otras palabras, el peruano se acostumbró a desayunar un pan con mantequilla Dorina, mientras bebe sor­bos de Nescafé o Eco. Para el almuerzo, una causa de atún Florida no está nada mal. Si come de más, se va al ‘tiro’ a Boticas Fasa para curarse de una indigestión. Y por últi­mo, si quiere impresionar a la ‘gentita’ o a su ‘flaca’, Saga Falabella y Ripley son la voz. 

Cuesta creerlo pero es así, nos hemos ‘chilenizado’. Y aunque tratemos de sentir­nos mejor por los 120 mil compatriotas radicados en el país de la ‘estrella solitaria’; lo cierto es que 80 mil de ellos son trabajadoras del hogar o, dicho con todas sus letras, ‘chachas’ o ‘nanas’ cama adentro. El 40 mil restante se dedica al todo o nada, algu­nos venden aritos, pañuelos, ganchitos y ponchos en las plazuelas, mientras otros se las ingenian para meter mano, uña, chaira, y todo lo posible para tranquilizar al estómago. Es decir, si en Santiago se sufre pero no se goza, pues en Lima se goza pero no se sufre. “El peruano es como que siempre se tira para abajo, llega un chileno, hace más cosas y todos lo admiran. No tienen como que iniciativa de hacerlo solos, y nosotros como que somos más vivos y despier­tos”, Leslie trata por duda o delicadeza, aunque me incli­no por lo segundo, de asola­par nuestro acojudamiento. Sus ‘como que’ la delatan. Ha aprendido a querernos y no quiere hacernos daño; sin embargo, casi como un malicioso ejercicio de lógi­ca le planteo: Si el chileno es más vivo que el peruano, entonces, ¿somos ‘torrejas’? Ella se toma unos segun­dos y responde tibiamente: “Podríamos decir que sí. Pien­so que sí”.

Si somos un país ‘torreja’, contamos con un amplio historial. En la Guerra del Pacífico, allá por 1878, nos compramos un pleito ajeno al defender a Bolivia, que se rehusaba a pagarle a Chile un impuesto de 10 centavos por quintal de salitre exportado, pues confiábamos ciegamente en que Argentina nos ayudaría. Hasta ahora seguimos espe­rando. De la misma manera, Mariano Ignacio Prado, pre­sidente del Perú por aquellas épocas y quién sabe cómo padre de Leoncio, decidió el 18 de diciembre de 1879, apagar su velita número 53 a bordo del vapor-correo Paita entre gallos y medianoche con el barajo de gestionar personalmente la compra de armamentos y la adqui­sición de una escuadra en Estados Unidos y Europa. Prado regresó ocho años más tarde sin siquiera un balín.

Pero si Mariano Ignacio Prado fue todo eso, Nicolás de Piérola lo superó. Porque no solo fue ‘torreja’ para no bombardear a un ejército chileno borracho, durante la ocupación de Chorrillos y Barranco en enero de 1881, sino también doblemente cabrón para huir a los Andes y dejar a Lima a su suerte. Leslie no sabe mucho de la Guerra del Pacífico, en la escuela fue un tema que pasaron rápidamente. Cuando le pregunto por Miguel Grau, su respuesta me deja boquiabierto: “Era el que estaba en el Huáscar, y que hizo una buena labor, porque recogía a los chileni­tos vencidos. O sea, fue un bondadoso”. O un gran coju­do, quizá. Porque en esta ausencia de caudillos y líde­res, ya no se sabe quién fue héroe y quién no. ¿Qué hizo de Grau el ‘Caballero de los Mares’? ¿La carta de la viuda del capitán Arturo Prat, los 62 sobrevivientes que recogió luego de hundir La Esmeralda o el terrible caño­nazo que destrozó su cuer­po mientras comandaba el Huáscar? ¿Existen caballeros en las guerras? ¿No se trata, acaso, de eliminar y asesinar sin piedad? ¿El último cartu­cho de Francisco Bolognesi no fue una tontería, propia de un viejito de 64 años?

Cuando Óscar pasó  tres días en bus hasta llegar a Concepción y visitar a Leslie, no pensó en tonterías. De seguro, no  será su último cartucho. Ya llevan ocho meses, tres viajes y una guerra que quieren pelear de por vida.

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