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Futbolistas y periodistas, ¿quién le para balón a quién?

Conviven a diario, pero no son familia y menos pareja. Unos corren tras un balón; otros, tras una declaración o exclusiva. Se quieren. Se odian. Y hasta se necesitan. ¿Qué piensan unos de otros? Saque la tarjeta nomás.

Por: Renzo Gómez Vega

Antes de que ruede la pelota, imaginemos, por un momento, un mundo sin micros, grabadoras ni cámaras. Probablemente, el fútbol tendría poquísimos ceros y muchos jugadores perderían su condición de estrellas para ser solo buenos o regulares. Ahora, hagamos el ejercicio a la inversa. Sin el fútbol, posiblemente los periodistas deportivos serían verdaderamente eso, deportivos. Más vóley, tenis y hasta waterpolo. En teoría, se benefician mutuamente. Pero, ¿eso garantiza entrevistas exclusivas y hasta que celebren los goles juntitos? Depende, porque aquí los resultados también mandan.   

Hace unos días, en una sobremesa del diario Depor, un periodista novato se quejaba por el desplante de un jugador en una producción. De inmediato, uno más experimentado dijo casi como un manual: “a los jugadores hay que agarrarlos de chibolos. Hacerte su pata, cuando recién comienzan. Porque luego se vuelven famosos y ya no te conocen”. Como en todo, no se trata de una verdad absoluta pero sí a tomar en cuenta.

¿Será el futbolista común, un tipo engreído, creído y casi todo lo que termine en ido? ¿O acaso será un incomprendido que simplemente no está preparado para la fama y el dinero a granel? ¿Y el periodista? ¿Es un profesional de raza o más bien un frustrado que moriría por dar tantas ‘pataditas’, como su entrevistado, y ganar tanta plata como él? Quizá un poco de todo.

Las diferencias saltan a la vista, pero conviene poner ‘zoom’. En promedio, un futbolista local, de Primera División, gana alrededor de 6 mil dólares. Si es ‘rankeado’ de 10 mil para arriba. Y en Europa ya es otra cosa. Un periodista de campo, ya sea reportero o redactor, gana un aproximado de tres mil soles.

Si hablamos de horarios, los futbolistas marcan ‘tarjeta’ a las 9 de la mañana y salen a las 12 y media a más tardar. Justo para el almuerzo. Ah, sobre el papel, solo tienen un día de descanso, que es después del partido. Los periodistas, en cambio,  tienen dos días para descansar. Pero solo conocen horarios de entrada, mas no de salida. La medianoche es una posibilidad latente.

“Quemarme las pestañas durante cinco años para perseguir a alguien que no ha terminado ni el colegio”, se quejó un colega mientras veía un partido de la ‘Champions League’. Su bilis, aunque cruel, tiene razón. Pocos son los jugadores que declaran algo distinto y con los que se puede conversar más de cinco minutos sin escuchar un ‘y nada’ o los clásicos ‘así es el fútbol’, ‘hay que seguir trabajando’ y ‘voy a morir por esta camiseta’ (besito incluido).

Pero no son los periodistas los que, conociendo esta debilidad, se acostumbran a preguntar lo mismo. “¿Qué expectativas para este partido? ¿Lo consideras como una revancha? ¿Se puede pensar en el campeonato?”. ¿De qué sirvieron las aulas, entonces, sino para imitar a quien tanto se critica?

Santiago Solari, ex futbolista argentino del Real Madrid, pintó la cancha en su artículo ‘Enemigos íntimos’ del diario El País. Sobre cómo perciben los futbolistas a los hombres de prensa, el ‘Indiecito’ fue contundente.  “Ve a alguien que juzga sin hacer, que no corre, no suda, no siente cansancio o dolor, no escucha los silbidos del público ni los saludos afectuosos a su puta madre pero que, concluido el partido, con una tacita de té de tilo a mano y el aire acondicionado encendido, dice todo aquello que debió haberse hecho y no se hizo y todo aquello que se debería hacer para corregirlo”.

Hoy, el ahora comentarista deportivo y columnista, escribe con conocimiento de causa sobre su nueva profesión. “Ve un ser que lleva una existencia monótona en su sencillo mundo verde, rectangular y perfecto. Lo mira, quizá, hasta con condescendencia; sabedor de una verdad que el futbolista, en el trajín de su rutina, ignora: que el fútbol se termina y la vida sigue, sin autógrafos ni flashes”.

Difícil considerarlos amigos, aunque los hay. Enemigos, tampoco sería lo más indicado. De repente, fuentes sería lo más apropiado, pese a sonar tan duro. Y es que tal vez la única forma de entender esta compleja relación sea pisando, como Solari, la pelota en las dos canchas.

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