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Lágrimas desde lo profundo: testimonio de una mujer maltratada

Por: Diego Ferrer

Llegamos a casa de Melchora Rodríguez con un retraso de 15 minutos. Tocamos el vetusto portón marrón. Está pintarrajeado con spray plomo y con pintura blanca. Nombres sin importancia, apodos de cabecillas de barra brava, huellas de mil y un llaves que se han estrellado contra la madera. Y de Melchora, ni rastro.

Melchora no puede contener las lágrimas mientras cuenta su testimonio.

Comenzamos a preocuparnos, empiezo a pensar que ese pequeño retraso nos jugará una muy mala pasada, sin embargo, el tétrico chirrido de las viejas bisagras nos anuncia que la puerta se está abriendo, que hay alguien ahí. Sale una pequeña mujer de aproximadamente 28 años, lacia y de gesto desconfiado. La saludo y me devuelve el gesto mientras esconde la cara y dirige la mirada al suelo. Le preguntamos por Melchora y no responde. Una pequeña niña, lacia al extremo, sale y nos mira con asombro. Detrás de ella, aparece un pequeño niño de piernas flacuchentas y corte militar.

Todos se agrupan afuera y como custodiándole las espaldas, aparece Melchora. No es muy alta, tampoco aparenta sus 26 años. La veo y lo que me sorprende en un primer momento es el tamaño de sus ojeras, las cuales me indican que no duerme mucho. Tiene los ojos hundidos, cansados y perdidos. Su mirada me deja pensando en qué cosas nos contará esa cobriza mujer. Nos saluda con educación y nos invita a pasar.

El oscuro pasadizo que nos espera detrás del portón es bastante angosto. Miro hacia la izquierda y puedo ver, a través de una precaria ventana de marcos de triplay, un cuarto multicolor, bastante pequeño, como de unos cuatro metros cuadrados. Melchora se apoya en la desgastada puerta de la habitación y nos invita a pasar. El lugar huele intensamente a comida refrita. Casi no hay ventilación en el lugar. “Disculpen, acá vivo yo, en este cuartito” nos dice. Le sonreímos y le pedimos que se ponga cómoda –sin ánimos de ironizar- para la entrevista. Viste un jean oscuro y una cafarena guinda. Unas botitas negras de cuero fallan en el intento de aumentar su tamaño: cada vez la veo más pequeña.

La cama de una plaza se ubica en la esquina superior izquierda del recinto. Está pulcramente ordenada. Las almohadas cubiertas con una funda de colores desgastados y un peluche sin ojos sobresalen en la superficie. Un gran armario de color caoba está en la otra esquina. Una decena de bolsas plásticas se ubican encima del mueble. A su lado, descansa un televisor pantalla plana, se ve nuevo. Debajo del artefacto, una radio reproduce un triste huayno ancashino.

En la esquina inferior derecha, hay una cuna de madera, llena de juguetes. La pequeña Faviana, la niña del lacio extremo que nos quedó mirando cuando llegamos,  no debe dormir muy cómoda en esa cuna. Detrás de la puerta, en la última esquina de la habitación, encima de una mesita bastante gastada, se encuentra una cocina metálica de cuatro hornillas, todas llenas de grasa.

“Conozco a Dubar desde que tenía 20 años. Él fue mi primer enamorado, el primero con el que estuve.” Melchora nos cuenta que el papá de su hija la perseguía siempre. Se conocieron en Villa Victoria, Surquillo. Él siempre la asediaba y ella no le hacía caso, hasta que la soledad ablandó a Melchora. “Fuimos a una fiesta y pasó, ahí pasó. Salí en estado y desde ese momento, todo cambió. Él comenzó a maltratarme, me dejaba sin comer. Mi hija nació prematura, a los siete meses porque yo estaba desnutrida.”

Melchora recuerda con tristeza su pasado. Nos mira fijamente y las lágrimas comienzan a caer por su cobrizo rostro. “Yo soy de Turpay distrito, en Apurímac. Me vine a Lima porque nadie se preocupaba por mí. Mi familia se aprovechaba de mí, me llevaban a la cabaña, a pastar a las ovejas; nunca se acordaban de mí.”

Sin embargo, no pierde las esperanzas de salir adelante.

Le alcanzamos un poco de papel, para que seque sus lágrimas, esas lágrimas que hace tiempo inunda su corazón. “Yo nunca tuve ese cariño, ese afecto. Un tiempo pensé dedicarme al licor, para olvidarme de todo. Me gastaba toda mi plata en eso. Todos los domingos. Un día dejé de hacerlo, pensé en comprarle cosas a mi hija, cosas para mí.” Durante cada instante, Melchora se va perdiendo en los recuerdos.

“Ya no quisiera sufrir más, ya no quiero vivir este infierno… Ya quiero que se acabe. A veces, quisiera matarme.” Melchora sigue llorando. Sus manos presionan con fuerza el trozo de papel, como si con la presión ejercida, estuviera drenando todo el sufrimiento.

Sus padres murieron, sus hermanos no se interesan por ella o por su sobrina. Dubar tiene otra familia y Melchora lo sabe. “Yo solo le pido que le dedique un domingo a su hija. Nada más. No importa que no me quiera más, solo quiero que esté cinco o diez minutos con su hija.” Ella nos cuenta que el papá de su hija hizo el servicio militar. Nos señala un cuadro despintado, colgado en la pared. Uniformado, con el rostro quemado por el sol intenso de su natal Piura y gesto adusto, Dubar Castillo aparece con un gesto solemne, como todo soldado. A diferencia de los demás objetos colgantes, el que contiene el diploma está totalmente empolvado y maltratado.

“Antes lo quería, pero ya no. Solo quiero vivir en paz.” Cuando escucho a Melchora despotricar contra Dubar, no puedo evitar imaginar que el amor que algún día sintió por el ex soldado ahora está como el cuadro que aprisiona su foto: descolorido, descuidado, obsoleto.

Le pregunto a nuestra entrevistada si cree en el amor: baja la mirada y mueve la cabeza de un lado a otro. Le pregunto si cree en dios y me dice que sí, muy bajito y sin mucha convicción. Le pregunto si considera que algún día será feliz, me mira fijamente; demora unos segundos en responder, como si estuviera masticando su respuesta. “Yo solo quiero que él se vaya de mi vida y nos dejé en paz. A mí y a mi hija. Puedo trabajar.”

Cuando le pregunto dónde trabaja, me responde que en una casa de San Isidro. Melchora lleva a la pequeña Faviana consigo, nos dice que le da pena dejarla abandona. La niña está con anemia. “Su padre no se preocupa por ella. Nunca pregunta si está bien o no, si comió o no comió. A veces, cuando viene borracho, se le acerca y la abraza, le dice que la quiere. Eso no sirve de nada, la cosa es que se lo diga sano.”

Me cuesta creer que pueda sobrevivir y mantener a la niña con los 350 soles mensuales que gana por su trabajo, me cuesta creer que no lleve a su pequeña al hospital porque no tiene tiempo ni dinero. Cuando le digo que debe ahorrar dinero para que Faviana reciba atención médica, me mira sin muchas esperanzas.

¿Qué es lo que hace que una mujer pierda todo interés en la vida? ¿Qué es lo que hace que piense que debe soportar todo el dolor de un pasado lleno de maltratos, olvido y despreocupación? ¿Qué hace que nos haya contado su historia?

Salimos del cuarto de Melchora. La pequeña Faviana viene saltando.

–          Mami, mami, cómprame esas bolitas que estabas comiendo ayer

–          ¿Qué bolitas?

–          Esas bolitas que estabas comiendo ayer

–          ¿Cuánto cuestan –le pregunto- esas bolitas que quieres comprar?

–          Joven, no se moleste

–          No, no hay problema

Saco un sol de mi billetera y se lo entrego a la niña. Ella me mira y parte la carrera. Antes de que cruce la puerta, su mamá le llama la atención. “¿Qué se dice?”. Faviana me mira tímidamente y casi murmurando, me dice “Gracias”. Su madre sonríe y ella desaparece a través del vetusto portón marrón. Me gustaría saber que luego de irnos, esa sonrisa no se borrará del rostro de Melchora.

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