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La fotografía: recuerdos que escapan de nuestra memoria

Por: Gabriela Prado

Todavía recuerdo aquella mochila de jean, desteñida y siempre colgada en un solo hombro y en su cuello, infaltable, aquella cámara profesional desgastada, pero que tomaba las más increíbles y extraordinarias fotografías, el autor, Don Pepe, como todos lo llaman, era un hombre de mediana estatura, entrado en años, con algunas canas y arrugas que matizan su sonrisa de hombre bonachón, amante de su trabajo y rodeado siempre de su única inspiración, los niños.

“Cuando me casé quise tener cuatro hijos, mi esposa los redujo a dos”, comentó con resignación a manera de anécdota. “Qué podía decir, mi esposa es la mujer que me ha acompañado durante todo este tiempo y aguantado sobre todo”, reflejando en sus ojos gran ternura mezclada con nostalgia por los más de 30 años trabajando como fotógrafo.

Recuerdo. Foto Don Pepe

Don Pepe siempre ha vivido en la calle Santa Rosa, cerca a la cachina (lugar donde venden cosas usadas) frente al Mercado Nª 02 en Surquillo, estudió un par de cursos de fotografía, “nada del otro mundo, en verdad lo hacía como pasatiempo” indica “hasta que la necesidad me obligó a que se me ocurriera la brillante idea de trabajar en esto” afirmó mostrando una sonrisa de satisfacción.

Así empezó, fue difícil conseguir que le permitan tomar fotos de alumnos saliendo o ingresando de un colegio cercano a su casa, “no quería gastar pasaje, lo bonito de todo era que yo sólo quería ganancia, luego me di cuenta que también había que hacer un poco de sacrificio”.

Decidido a conversar con el director del colegio “San Vicente de Paúl”, lugar que quería fuese su centro de labores. Contando con el visto bueno del reverendo padre Emiliano Rodrigo Conde (QEPD), no le quedó más remedio que comprarse una buena cámara, al menos para aquella época y comenzar a trabajar. Considera que su única inversión fue su fiel compañera, su cámara.

Si bien es cierto, la fotografía permite perpetuar en el tiempo situaciones, para los padres se trata de todo un acontecimiento, cada día de sus hijos es trascendental. Los niños son realmente adorables, inocentes, sin malicia, no como los adolecentes alborotados, sin ánimo de ofender, pero se trata de una edad difícil, la adolescencia, la misma que don Pepe recuerda poco, pero lo que si recuerda son las innumerables promociones ingresantes y salientes, sin dar a conocer cuál le pareció la mejor, según indica para evitar entrar en conflictos.

Cámaras fotográficas análogas

Durante los años como trabajador aprendió a conocer de todo un poco, diferentes tipos de niños, muchas calles de Lima en busca de los dueños de las fotos, errores frecuentes de los padres, en general todas enseñanzas valiosas para él. A través de los años, los que conocían a don Pepe conocían su cábala, la cual consistía en no permitir que absolutamente nadie tome fotos desde su cámara, si se la sacaba del cuello era para guardarla en su estuche y de ahí a la mochila, “mi cámara es sólo mía ni siquiera a ti te la puedo prestar” don Pepe soltó tal carcajada que no pude evitar reír con él.

La conversación se tornaba cada vez más amena y acogedora, sin embargo, tal interés no pudo evitar  que notara su aumento en las canas, se veía incluso más pequeño, asumí que es por la edad, lo único que se mantenía igual, era su memoria, sus ganas de hablar y algunos duplicados de fotos     que don Pepe las guarda por si algún día alguien se anima a comprarlas.

Positivismo que llamó aún más mi atención, tanto como la historia que empezó a relatar sin que se lo pidiera. Ranzés, era un niño inteligente, hiperactivo, juguetón, alegre, bailarín, pero iban pasando los años y  su madre faltaba cada vez más a las actuaciones, es entonces cuando Ranzés comenzó a cambiar.

“Yo jamás me atreví a hablarle durante los primeros años, tenía miedo que no me entendiera, pero a punto de acabar la secundaria le obsequié fotos de cuando aún le gustaba bailar para el día de la madre”, contaba con total sensibilidad.

Ranzés quedó sorprendido con el regalo, con las fotos en mano y mirándolas mientras se alejada se dirigió a su casa. Al día siguiente, después de conversar con su madre, le contó a don Pepe el por qué no asistió a tantas actuaciones, obtuvo como respuesta el difícil carácter de su padre.

Entendió además por qué su mamá lloraba en las noches, no se sacaba los lentes oscuros, jamás lo llevaba al colegio y ni siquiera salía de su casa, -la golpeada don Pepe, mi papá la golpeaba-. Afortunadamente, lograron que aquel hombre alcohólico y agresivo abandonara la casa, pues con asesoría denunciaron su proceder y la justicia le dio la razón a su mamá.

Temporizador del cuarto oscuro de revelado

“Don Pepe, le presento a mi madre”, vino un día Ranzés a los 15 años. Vio y era una mujer linda, lástima que no haya sabido elegir. Pero superando el trago amargo de su esposo, asistió a todas las actuaciones ese año hasta el día de la clausura, cuando llegó la hora de decirle adiós al colegio, por supuesto don Pepe tomó todas las fotos que pudo, “lejos del negocio, que va muy bien, a pesar de mi edad, este trabajo me enseña mucho, como el valor de la familia, de un hijo, de una mujer”.

Aún se siguen viendo, Ranzés, ya hecho todo un hombre, estudiando, inclusive ve a su mamá también, paseando por el colegio, por donde aún circunda.

Este es José Durand, hacedor de tantas historias y recuerdos que gracias a él  se mantendrán en nuestro álbum personal, seguramente, ese que no queremos recordar y que mamá guarda con tanto recelo y muestra a cada invitado de la casa.

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