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‘Torrejitas’ de ilusiones (y desilusiones)

De todo y para todos, la ‘torrejita’ se ha convertido, de mucho tiempo a esta parte, en el alimento obligado de pobres (de plata) y ricos (de espíritu). Mientras come una de ellas, un nieto se da cuenta de lo ‘torreja’ que ha sido con su abuela por años.

Por: Renzo Gómez

La ‘torrejita’ en una de sus innumerables presentaciones.

No es lo mismo ser un torreja que comerte una ‘torrejita’. De hecho, hay que ser un tonto para no haber probado una. De carne, de verduras, de arroz, de fideos o de lo que se te ocurra y todo junto –porque aquí la unión hace la fuerza-, la ‘torrejita’ es la muestra, más devorable que palpable, de que sí podemos, cuando queremos y, sobre todo, cuando no hay…para más. Ser ‘torreja’ es no tener esquina, callejón y todo el ‘recutecu’ que tiene el faite, el ‘bacancito’, el ya no ya; es decir, todo lo que el peruano cree que es. Y no es. O al menos es lo que se ha empecinado en demostrar cuando las papas han quemado, y bien.

Pero antes de que la historia, esa vieja muchas veces mentirosa, meta su cuchara, vayamos con otros viejos que lo que meten es la pata y también piensan lo contrario: la RAE. Según los más más de la lengua, torreja es un dulce hecho de láminas irregulares de masa de harina con huevos, mantequilla y sal que se fríe y espolvorea con azúcar. Según el psicoanalista Julio Hevia, en su libro ‘Habla, jugador’, o bien se trata de una tortilla de verduras o bien de un calificativo negativo, cercano a lo nefasto. Ahora, conforme al populorum, sería una persona, cosa o situación desagradable o muy por debajo de lo esperado, y si es con cariño, todo lo que pueda volar tu imaginación con un par de huevos, y lo que te sobre, con suerte, en la refrigeradora. Al peruano común le sobra en ingenio lo que le falta en los bolsillos. Si lo quiere, lo consigue, y si no puede, lo inventa.
De la misma forma, Paulina Lozano Cárdenas se las ideó para alimentar y curar a sus cinco hijos, cuando a menudo no había para el bitute ni las medicinas. Esta anciana de 87 años, que es buena y no tiene la culpa de ser mi abuela, se atrevió un día a dejar Acobamba, un pueblito a 106 km de Huancavelica, capital del mismo departamento, para emprender el sueño limeño, el sueño de un mundo mejor. Así se lo vendió su prima Irene, y así es como se lo siguen vendiendo a millones de provincianos que no titubean en cambiar sus chacras por un rinconcito en la capital. Aunque sea, en la punta del cerro, pero ahí están, luchando en el día a día.

Paulina Lozano junto a uno de sus nietos.

Paulina acababa de cumplir 21 años y Huancavelica era lo que sigue siendo hasta la actualidad: el distrito más pobre del país. El 88% de una población de más de 450 mil personas, casi todos entregados a la actividad agrícola, se encuentra sumido en la más absoluta pobreza. El sueldo mínimo, verdaderamente mínimo, es de 150 soles al mes, lo que hace un promedio de cinco soles diarios, de romperte el lomo todos los días. No le fue muy difícil, entonces, decirle adiós a su padre, a su madre en el cielo y a sus hermanos. Pero Paulina no fue tan torreja y, a los meses de pisar Lima, se casó con Octavio Vega, un maestro albañil que en ese entonces no era ni maestro ni albañil, sino carpintero. Y ahí comenzó una nueva vida, de eterna y sacrificada ama de casa, con un esposo a quien entretener e hijos que mantener.

Es un lunes de abril en La Victoria, exactamente en el block 45 de la Unidad Vecinal Matute, un conjunto habitacional creado en los cincuenta durante el gobierno de Manuel Odría y venido a menos conforme el paso de los años. Paulina ha recibido a uno de sus nietos más ingratos (si no el más) y, como si tratara de regresar el tiempo, ha sacado su repertorio de gelatinas, galletas, ‘canchita’, chicha morada y cuanto alimento repose en sus anaqueles. Él se empuja todo lo que puede, como siempre, y le pregunta, como nunca, sobre su vida.

Octavio Vega, el esposo.

“A tu abuelito le pagaban poco y no había de dónde, yo no tenía familia acá ni nadie que me ayude. Así que me iba a la plaza (mercado) y las mismas caseras me decían qué hacer”, me cuenta mientras el aceite comienza a calentar la sartén y mi estómago.
Se acerca la hora del almuerzo y Paulina, que tiene casi 90 años, pero sigue atendiendo religiosamente a mi abuelo, de 93, ha tratado de sorprenderme con la novedad de siempre: ‘torrejitas’ de la abuelita”, como cariñosamente les llamo.

Esta mujer de metro y medio ha superado largamente los 50 años de esperanza de vida que tienen los huancavelicanos, así como sus hijos, el mayor de 65 y el último 20 años menor, le han sacado la vuelta a los achaques del tiempo, y no sufren de enfermedad alguna.

“Una vez al Carlos (el menor) y la Lidia (mi mamá) les dio una gripe bien fuerte. No había para el jarabe, así que puse en un tazón dos nabos, tres rabanitos, un pepino, eché un poquito de azúcar y sal, y lo dejé reposar por unas horas. Luego separé el juguito, y eso les di. Se curaron rapidito”. Llamémosle instinto de supervivencia, recursos o lo que sea, pero Paulina hizo lo que la madre común: arreglárselas con lo que tenía. No contenta con eso, continuó con los hijos de sus hijos, afortunadamente ya no con jarabes, pero sí con mucha comida, buena y barata.

“Visítame pronto, hijito, acá yo te preparo lo que tú quieras, tú dime nomás”, me dice mi abuela, y se me forma un nudo en la garganta, antes de terminarme estas ‘torrejitas’ de carne, arroz y cebollita china.

Yo no quiero esperar que Paulina se vaya a cocinar ‘torrejitas’ al cielo para decirle cuánto la quiero, pero probablemente lo haga, y me jode. Tal vez en eso se reduzca todo, porque los errores se pagan y las tonterías aún más.

Imposible resistirse a una de ellas.

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