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Festival de San Pedro de Corongo en Lima

Los coronguinos que viven en Lima, celebran a su santo todos los años. Una manera de recordar la nostalgia de la niñez, la adolescencia, los huaynos y la tierra que jamás se olvidará. 

Por Juan Mauricio Muñoz

La mañana se apresta en el colegio Paz Soldán en el distrito del Rímac. Llegan músicos, bandas, mujeres, hombres vestidos con trajes típicos y ciudadanos de a pie. Las puertas del colegio se abren. Las cajas de cerveza llegan en varios camiones.  Desde la cocina prefabricada se siente el olor del cuy mientras se cocina.

Así se iniciaba el Festival de San Pedro de Corongo en Lima. Una festividad que se celebra en el pueblo de Corongo ubicada a cuatro horas de Huaraz en el departamento de Ancash. Durante los años setenta, los coronguinos emigraron a Lima para buscar un mejor futuro en la capital. Muchos de estos, se ubicaron en los distritos crecientes (y aún marginales) como Villa El Salvador, San Martín de Porres y San Juan de Lurigancho.

'Panatahuas' en acción

'Panatahuas' en acción

A través de los años, fueron trayendo sus tradiciones religiosas. Principalmente a su patrono, San Pedro, el cual lo celebran en abril, al mismo tiempo, que en el mismo Corongo. Las bandas contratadas ponen el son de la música andina al ritmo de huaynos como ´La Casa Vieja´ y ´Noche de invierno´, música reconocida por coronguino de pura cepa.

Durante el festival, las mujeres se visten de pallas, trajes típicos de Corongo, con bombachas y un saco de diferentes colores, entre los cuales sobresalen el amarillo y el negro. Sobre la cabeza llevan un sombrero alto. También están las ‘pallitas’ que son las niñitas vestidas con este singular traje.

Los hombres están interpretados como ‘paniatahuas’. Estos tienen una máscara para que no se le vea el rostro y una camisa de colores vivos como el verde, el rojo y el celeste. Los pantalones pueden ser negros o azules. Siempre tienen un pequeño látigo. Cada vez que dan un salto mientras danzan, azotan el piso. Tanto las ‘pallas’ como los ‘paniatahuas’ bailan por separado. Las primeras en filas indias, los segundos en círculos.

La tradición no termina con los hijos predilectos de Corongo, sino con sus descendientes, nacidos en Lima, que siguen la tradición popular y harán lo mismo con sus hijos, pues es una fiesta que no puede acabar. Todas las personas llevan en la sangre algo de Corongo, o han sido invitados para gozar de este evento (como en mi caso).

El cuy frito es degustado con gusto, las cajas de chelas se van terminando, los borrachitos se retiran recordando un pasado mejor en el lejano pueblo, que ya no volverá, hermano. Son las siete de la noche, es la hora de los castillos y juegos artificiales, los niños corretean, algunos siguen danzando, otros continúan bebiendo cerveza. La noche va culminando, uno queda deslumbrado, mareado de tanta danza y cerveza.

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