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Hey-Hey-Hey: Yogui, el bocadito del pueblo

El Centro de Lima es, sin duda, un lugar sorprendente. Calles abarrotadas, comerciantes de lo inimaginable y una sinfonía de bocinas que aturden a cualquiera. Uno nunca sabe, entonces, por dónde ir, qué comprar ni qué comer. En esa travesía, puedes encontrarte con especimenes alucinantes como el Yogui, digno representante de la gastronomía nacional. ¿Qué se esconde detrás de este bocadito? Vale la pena averiguarlo -y disfrutarlo-.

Por Renzo Gómez Vega

 

Lo conoció a través de una de esas tías bonachonas y consentidoras, que por lo general son solteronas y de buen diente. Dice que no podría pasar una semana sin ‘visitarlo’. Hay mucho de locura en sus palabras, y también por qué no mucho de verdad.

Una delicia de a 'luca'.

“Esa vez mi tía Juana me llevó al Centro (de Lima) para que la acompañara a comprar y yo acepté. Estaba chibolo, la cosa es que estaba tan molesto que empezó a comprarme cosas, pero nada me gustaba. Hasta que llegamos a una esquina y vi una carretilla que vendía pancitos con una forma extraña. Se llamaban Yoguis. Tenía curiosidad, así que le dije que me comprara uno. Desde ahí no he podido dejar de ir. Son tan ricos”, me cuenta Bruno suspirando, con nostalgia, mientras hace unos ademanes con la boca, como si estuviera saboreándolos.

En efecto, Bruno (así se llama nuestro guía culinario) está ansioso. No puede esperar un minuto más sin ver a su Yogui o comer un Yogui, que en este caso son lo mismo. Presuroso, se pone su pantalón beige y su camisa. “Hay que estar bien presentados, pues”, sonríe, advirtiendo quizá, su perturbado comentario. Es alto, de cabello ensortijado y narizón. Ah, y barrigón. No creo que solamente por beber cerveza. Aunque podría ser. Total, la ‘chela’ te pone ‘Oso’. Al menos, eso rezaba un viejo slogan de una cerveza malta.

“En el Centro de Lima hay de todo y a todo precio. Me gusta, porque tengo que hurgar y así poco a poco encontrar lo que quiero. Aunque es jodido por el humo y la gente que te empuja. Tienes que estar mirando para todo sitio, nunca faltan los ‘choros’”. A Bruno le gusta caminar solo. Tal vez por eso gira la mirada hacia atrás cada cierto tiempo, como cuidándose.

Está parado en la calle Huancavelica, exactamente en la Iglesia las Nazarenas. Frente a la iglesia, se ubican una docena de establecimientos con intrépidas señoritas, cada una más que la anterior que, con platillo en mano, ofrecen trozos de turrón, ese tradicional dulce de palos de harina, miel de chancaca y grageas de colores. “Diez soles el kilo, pruebe su riquísimo turrón Santo Domingo”, grita una de ellas.

Luego llega al Jirón de la Unión. Siglos atrás, uno de los puntos de reunión de la clase aristocrática limeña. Hoy, solo una feria comercial. Bancos, tiendas por departamento, ópticas, restaurantes, pollerías, chifas. Sí, más comida. Llamativos letreros presentan los más suculentos platillos: Pechuga a la plancha, Bisteck a lo pobre, Salchipapa, Salchimix (chorizo, huevo, pollo, queso), Pollo Broaster. En fin, más y más para todos los gustos y bolsillos.

Cruzando el Jirón de la Unión está el Jirón Huallaga. Bajando por esa calle se observan un sin número de tiendas de vestidos y zapatos para novia. Al fondo se puede divisar un larguirucho palo de tecnopor, sujetado por un señor entrado en años. Hemos llegado.

El dulce que te pone ‘Oso’

No será el bosque de Yellowstone ni habrán Guardabosques que molestar, pero en esta especie de carrito sanguchero, uno puede toparse con más de un Yogui. Ubicado dentro de un local dedicado a la organización de bautizos y matrimonios, el pequeño puesto está decorado por -oh, sorpresa- un afiche con un tiburón que sostiene un Yogui con cara de poquísimos amigos.

El slogan es simple y directo: ¡Uhmm…! Qué rico Yogui, calientito. Es rústico, hasta podría decirse que no hay una armonía ni de colores ni de forma. A veces, las mejores cosas no necesitan publicidad. Si es mala, lo mismo da.
Bruno saluda al señor afectuosamente, se conocen de tiempo. O eso parece. Él, de rostro rugoso y dentadura ventilada, se encuentra uniformado de blanco y granate. Además, porta una gorra con el nombre de Fiesta & Gourmet, empresa matriz del Yogui. Lo acompaña una joven, que se empecina en desmoldar los Yoguis.

¿Por qué Yogui? Pregunta de cajón. “Como es gordito, le puse Yogui por ese oso de la televisión”, explica Teodolfo Cruz Meza, adjudicándose la invención.

Yoguis de Hot dog y queso.

A fin de cuentas, ¿qué es? El Yogui no es más que un panecillo dulce, largo y grueso, atravesado por un palo de madera y con diferentes rellenos como Hot dog, Jamón y Pollo Crispy, pero todos con queso Edam. La masa está elaborada de harina de trigo, levadura, harina preparada, mantequilla, y de seguro otro ingrediente que no será revelado. Su olor a recién horneado, su color dorado y los pliegues que se forman por la máquina, le imprimen un aspecto por demás suculento. Además, el queso Edam le otorga esa elasticidad y magnetismo visual que solo tiene un queso derretido convertido en finas y extensas hilachas, cual si fuera una pizza. Algunos le echan mayonesa, mostaza, ketchup o ají, depende del gusto del cliente.

“El secreto está en la masa y en la máquina. La masa es semi-crocante, es decir, crujiente por fuera, pero suave por dentro”, asegura Cruz. La máquina, traída desde Canadá, está fabricada 100% acero con termostato digital y análogo inoxidable.

“¿Qué es eso? ¿Cuánto está?”, preguntan por ahí. “Un Yogui, a 1 sol”. Más barato imposible. Tal vez sea uno de sus secretos. Sin embargo, Cruz me cuenta que está a punto de traicionarlo. “La gente compra bastante. Vendo de 200 a 250 por día. Estuvimos en el último Mistura, y nos fue bien. Creo que es hora de subir el precio”. Error o no, el tiempo lo dirá. Hasta entonces, pruebe. Total, una ‘luquita’ no lo hará pobre, pero sí podrá ponerlo ‘Oso’.

Cruz y su pequeño pero poderoso local.

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