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Dos en uno: crónicas sobre Marcahuasi

Por Gabriela Prado y Diego Ferrer

DIEGO

Marcahuasi: aventura, misticismo y belleza natural

Hay quienes prefieren pasar un fin de semana tranquilo, en familia; rodeado de unas cuántas cervezas y una buena carne a la parrilla; otros, prefieren salir a pasear por la ciudad, hacer compras o ir al cine; también existen los que aprovechan y se van de viaje, buscando conocer un poco más de nuestro país.

Marcahuasi después de una larga noche de llovizna. Cielo despejado.

Uno de los destinos más visitados, enigmáticos y cercanos de nuestra capital es Marcahuasi, que se encuentra a unas cuatro horas desde Chosica, sin embargo, el camino es un verdadero reto para los que se animan a vivir una experiencia diferente.

San Pedro de Casta

Marcahuasi es un bosque de piedras que está ubicado en la meseta de una montaña, a casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Es considerada una zona mística, llena de una energía indescriptible y se corre el rumor de que los extraterrestres la visitan seguido.  Para llegar, se debe atravesar el pueblo de San Pedro de Casta, que está ubicado a 3 horas de Chosica en auto y está a 3 180 metros de altura. Desde Chosica, las Van cobran entre S/. 20 y S/. 25 soles para transportar a los turistas hasta San Pedro de Casta. En los buses, el precio va desde los S/. 12 a los S/. 15 soles.

Un paisaje compuesto de árboles llenos de enormes paltas, un camino de trocha de un solo sentido y curvas amplias, abismos con formas caprichosas y nubes blancas como el algodón; era la introducción a San Pedro de Casta.

Al llegar al pueblo, parados en una precaria tranquera de fierro, los pobladores son los encargados de cobrar un derecho de acceso vehicular a San Pedro, que cuesta S/. 10 soles. Una vez adentro, el turista debe dirigirse hacia la plaza principal y comprar su entrada para Marcahuasi, la cual cuesta S/. 5 soles. Y comienza la subida.

GABRIELA

Marcahuasi: para locos y valientes

A un paso del cielo, aunque en el camino sientas que conoces el infierno.

Al parecer era el destino ideal para Semana Santa, entre varias opciones, Marcahuasi sonó más fuerte. Un campamento, a 84 km al este de la ciudad de Lima, 6 personas, con el ímpetu de un ejército antes de una batalla. Por unanimidad ganó.

La lista de cosas, interminable para todos los gustos y paladares. Las provisiones: atún, galletas, cereales en barra, agua, jugos, pisco, ´Ginger Ale´, vino, jamón, queso, panes, ´hotdog´, chorizos, etc. Dos grandes maletas llevadas, cargadas, ensuciadas y aligeradas por los dos únicos chicos que acompañaban la aventura de cuatro féminas.

La ruta más común, de Lima a Chosica, de Chosica a San Pedro de Casta y de ahí a Marcahuasi. Primero en taxi colectivo, después en una Van y luego éramos nosotros, las maletas, nuestro esfuerzo físico y las ganas de llegar. Los burros de carga, cansados o llenos.

Letrero informativo

 

Mientras esperábamos la camioneta, leí un cartel ´Chosica, ciudad de resistencia´, asumí que era por su historia, luego entendí el significado de esta frase. Con un sol radiante se inicia el camino a San Pedro de Casta. Cómodos en una Van, cerca de los cuatro mil msnm, en compañía de un paisaje de verdes montañas, un abismo infinito, un cielo extraordinariamente cerca.

La primera hora de camino, genial, luego empezó a llover. Sin asfalto, con un solo carril, por donde se avanza y retrocede según la llegada de un carro, bus, camioneta o ´mototaxi´ que pasara en sentido contrario. La velocidad empezó a decaer por la brizna.

Una vez en San Pedro de Casta, un pueblito del tamaño de una urbanización, que recibe a sus invitados cobrando S/. 5 soles para ingresar a Marcahuasi; llenas un libro con tus datos: “por si no regresas”, nos dijeron, al ver nuestra cara de sorpresa, dijeron “ante cualquier cosita señorita”.

DIEGO

Los cuatro kilómetros

El ascenso hacia Marcahuasi es complicado. Pensando en los más débiles, los que llegan cansados o los que son víctima del soroche, los pobladores alquilan burros para aligerar el peso del equipaje y caballos para el transporte de las personas. Los jumentos están a S/. 8 soles y los jamelgos, a S/. 12 soles. Con las facilidades, el camino dura aproximadamente dos horas.

Los que desafían a la montaña, pueden comprar una vara de caña para ayudarse en las pendientes, a S/. 5 soles. Es casi un requisito indispensable cargar con una o dos botellas de agua y mudas para el frío, el calor y la lluvia: el clima de la montaña es impredecible e inclemente.

Desde el inicio, las piedras, la tierra y eventualmente el barro, son comunes en el accidentado camino. Los pobladores, quienes van y vienen con sus animales, saludan tímidamente y responden (erróneamente) a la clásica pregunta del turista:

–          ¿Falta mucho?

–          Una hora, una hora

Unos letreros de fondo guinda y orla blanca indican la distancia recorrida cada cierto tramo y los vendedores se apostan al pie de los fierros informativos para ofrecer choclo con queso a S/. 2.50 soles y papita con huevo al mismo precio. Las galletitas de soda y el agua mineral también forman parte del arsenal de los comerciantes.

El paisaje se va nublando, conforme aumenta la altura. La temperatura desciende, las nubes se oscurecen, el aire disminuye y Marcahuasi se acerca. Luego de casi cuatro horas de accidentado acceso, las enormes rocas anuncian que el turista ha llegado a Marcahuasi. Las caprichosas formas de las rocas y la hermosa vista son el principal atractivo de la meseta en la montaña, a cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Lo demás, son puros cuentos.

GABRIELA

A la subida, el frío ingresaba desde nuestros poros hasta la parte más débil de nuestra espalda, la adrenalina era tal que lo olvidamos pronto. Lo que era inevitable olvidar era la llovizna, que transformó el camino silvestre de paisajes fotografiables en una alfombra de lodo y piedras, que sólo se movían al sentir los pasos.

Cuatro kilómetros, el primer cartel tenía borrado la distancia avanzada; el segundo, indicaba con una flecha ´Marcahuasi, hacia la derecha´; el tercero, al lado de una cabaña donde vendían el mejor choclo con queso del mundo, vendido al precio módico de S/. 2.50 soles. Este último decía ´a 500 metros de Marcahuasi´, se entiende medio kilómetro, los más largos de nuestras vidas.

El peso de las mochilas jugaba a introducir desequilibrio, el cual se ponía a prueba constantemente. La altura se hacía notar cada vez más como una gorra para niños en la cabeza de un adulto.

A más de la mitad de camino avanzado y sin saberlo, ocurrió ´el estigma de Semana Santa´ porque ´aparecieron´ de repente estigmas en mis rodillas. Para un cuento la ´alucinada´ estaba buena, pero la verdad es que me caí y me las reventé.

Entre burros y caballos que van y vienen, en un segundo de distracción, instante en que el viento que hizo que una porción de mi cabello me cubriera el rostro y resbalé. Ahí estaba, tocando el lodo con mis manos, fangoso y húmedo. Mis rodillas sangraban sin compasión. No había agua que detuviera el sangrado, ni lugar para sentarse, ni tiempo que perder, me puse de pie y seguí caminando.

Preguntábamos cada media hora, ¿cuánto falta?, todos nos decían “dos o tres horas”, la misma respuesta desde las cuatro de la tarde que iniciamos la caminata que en teoría duraba entre dos horas y dos horas y media. De pronto la luz se apagó, la lluvia se ensañó con nosotros y con varios aventureros que seguían el mismo camino… Sin luz, con hambre y cansancio, con el peso, en medio de un camino del cual solo podías ver un metro adelante y hacia atrás casi nada.

Las lisuras, quejas y arrepentimientos no se hicieron esperar, recordaba la caída y cada cierto tiempo veía mis rodillas que habían hecho un camino casi simétrico hasta llegar a mis medias tobilleras que ya eran de cualquier color menos blancas. Sentía el dolor y lo olvidaba, quería gritar y no quería gastar el pequeño ápice de aliento que me quedaba, las ganas de llegar eran mayores.

Comimos casi cinco kilos de mandarinas para aligerar el peso, ni un solo tacho de basura, y la lluvia, el lodo y las piedras que nos acompañaban.

Lo que parecía una película de terror, no se comparó a lo que vivían en esos momentos en Chosica, contexto del cual no teníamos ni idea hasta ese momento. Víctimas de huaycos, los pobladores de los asentamientos humanos 3 de Octubre y Virgen del Rosario sufrían con el deslizamiento vehemente de piedras y lodo, que dejaron dos muertos y hasta el momento, 21 heridos.

Oí un grito “¡Llegamos..!” seguido de varias lisuras que lejos de molestarme me hicieron sonreír. Faltaba poco, a paso cansado, casi media hora.

Las 12 manos entumecidas por el potente frío volvieron a sentirse gracias a la fogata que encendió rápidamente porque Dios es grande y por el ron de quemar, el carbón, la leña y unas pastillitas que agilizaron este proceso.

La cena, una sopa instantánea, el vino, un ´shot´ de pisco, los panes, el piqueo y todo lo que pudimos comer dentro de una carpa para cuatro personas donde entramos los seis, fue lo mejor de la noche. Paró de llover, y la noche se iluminó con el único astro que tiene la tierra, una espectacular luna llena.

Dormir resulta una odisea. La altura y el frío son ingredientes que no condimentan bien con el cielo despejado que nos acompañaba. Volví a lavar mis rodillas. El agua oxigenada fue la gran protagonista y provocadora de mi dolor. Un par de curitas me hicieron la noche aquel día.

Algunos metros abajo, la odisea la vivían en Chosica, donde lejos de dormir, intentaban sacar el agua que impulsivamente había visitado las casas de los pobladores. Aquella gente no pudo dormir, probablemente no puedan hacerlo hasta ahora. El apoyo de las autoridades no llegaba, los periodistas llegaron antes que el municipio.

Amaneció en Marcahuasi, para Chosica jamás hubo descanso.

Para el regreso el lodo había desaparecido, el tiempo pasó de cuatro horas a una hora y 15 minutos. Horas ahorradas que perdimos esperando el bus de regreso. Después del Jueves Santo, más de uno valoró su cama, su casa, sus zapatillas, la delicia de la aventura, de lo inesperado.

Considero volver, en épocas de escasos diluvios, y espero inexistentes huaycos, no por masoquismo, sino porque si pasa una vez, es como si no hubiera pasado.

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